
El tiempo, el tempo, variaciones, ondulaciones, cadencias, ritmos, arpegios, la tarantela, una zarabanda.
Eso. La música.
In Rainbows, último álbum de Radiohead, el primer corte: “Weird Fishes”, un arpegio, una caída exponencial hacia las misteriosas simetrías de la música, y por fin sé cómo comenzar lo que quería escribir: hablando de música, la de Radiohead, la de Bach, o la de Aphex Twin, no importa, tampoco soy un erudito; la idea que me ronda surge de una frase que leí hace días en “El desbarrancadero” de Fernando Vallejo, cuando hablando en medio de improperios el viejo se refiere a su amor por el piano, y citando a Bach se lamenta: “tocar el piano es muy fácil, solo hay que presionar la nota justa en el momento justo con la intensidad justa”, sí, fácil; así como Radiohead logra ajustar notas que se convierten en armonías celestes, áureas. La música es un misterio, uno lleno de simetrías de geómetra, de equilibrios arquitectónicos, así como Pink Floyd.
Desde que la conciencia existe, o mejor, desde que el hombre mismo la inventó, cada ser humano se ha preguntado una u otra vez por su propia existencia y la todo lo que lo rodea, intentando encontrar respuestas a las infinitas preguntas que lo asaltan; así los geómetras y astrónomos antiguos elucubraban la existencia de los seis planetas visibles con los rudimentarios telescopios de la época, con una explicación mitad racional mitad celeste: los cinco sólidos platónicos, o cuerpos cósmicos y la esfera, que en dicho sistema representaba al paraíso. Se pensaba que el Gran Arquitecto, aquel que estaba detrás de la compleja obra creadora no podía ser un chapucero maestro de obra, tenía que haber un orden, una razón cosmogónica que explicase el porqué de ese número exacto de planetas, Johannes Kepler, el astrónomo, lo creyó, tan férreamente que se hubiese muerto al saber que no eran seis sino nueve los planetas que rondan al sol (nueve hasta el sol de hoy, mañana quién sabe). Dios, el infalible ingeniero, no existe.
Pero así como Kepler no se reduce a esa creencia, válida para su época -calculó, entre otras cosas, la órbita de Marte y fue precursor en trabajos de óptica- de igual forma la observación del hombre no se limita a la contemplación mística de la naturaleza; en su delicada y esmerada observación ese mismo hombre temeroso de Dios ha encontrado simetrías y reglas que, a pesar de ser llamadas hoy en día áureas, son más que eso, el hombre, a fuerza de ingenio y de voluntad ha ido descubriendo, sin querer, los cimientos mismos del mundo, y por ahí mismo, del Universo.
Hablaba en el título de este texto de la Regla Áurea, lo hago como excusa, pero también como ejemplo de aquello que yace oculto tras lo más evidente, y ese misterio, develado progresivamente por la observación de físicos, geómetras, biólogos y demás científicos desquiciados, es fascinante; ya el mismo hecho de pensar, no en una invención, sino en un “descubrimiento” es algo apasionante, es como si la naturaleza misma ocultase secretos tras claves y códigos que durante milenios hubiesen estado esperando quien encontrara la llave que abriese las puertas a dichas maravillas. Así como Fibonacci encontró, o descubrió tal vez, una serie de números famosa hoy en día, y que ayuda entre otras cosas a comprender la estructura las piñas de los pinos, así la observación de los caracoles y de sus conchas comprende el principio básico e impresionante de la proporción y de la escala, lo que se llama, finalmente, la Regla Áurea.
Hace tiempos, años tal vez, sospecho que existe una especie de norma tácita, la mayor parte del tiempo desconocida e ignorada, que rige cosas tan disímiles como los chistes de Woody Allen, los golpes del tenista Federer, las cantatas de Les Luthiers y hasta las mismas gambetas de Lionel Messi, una misma norma que en últimas gobierna aquel arpegio de Radiohead y las fugas de Bach: el tempo. De ahí que la invención, el descubrimiento, del metrónomo sea un evento mayor en la historia del mundo, con un metrónomo, en vez de un simple cronometro se debió de haber calculado, o mejor, analizado, aquel gol que le hizo Messi, el juvenil jugador del Barcelona español, a su rival de aquel día, gol réplica de otro hecho por otro argentino, esta vez en un mundial de fútbol y contra la selección inglesa, dos jugadas idénticas, que parecían, más que una cabalgata hacia una portería, una danza cadenciosa de bailarines del Bolshói; o esos intercambios interminables entre los tenistas, o esos apuntes de Allen que parecen salir del vacío y que se entienden en la medida en que se contextualizan con lo que yace escondido en una escena, la expresión, el ritmo y el tono de la voz de quien ejecuta la broma le dan toda su potencia, su carga de ironía, o de sátira si es el caso.
Cosas todas tan distintas y al tiempo tan iguales; dice el sabio Eclesiastés que nada nuevo hay bajo el sol, los más pesimistas repiten que estamos condenados al vacío de un eterno retorno; por mi parte estoy seguro de que mientras algunos artistas nos regalen aquellos minutos de su tiempo en los cuales se esmeran en vencer al tiempo y llegan a manipularlo a la manera de Borges en sus cuentos circulares, mientras nos permitan presenciar su magia con un balón, una raqueta, la propia voz, un piano o una guitarra, bajo el sol siempre habrá días, minutos, o segundos llenos de cosas nuevas.
Y sí, eso sí, efímeras.
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