vendredi 3 octobre 2008

Cuento- "Trompe l'oeil."

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Deseperado busco abrirme campo para entrar de nuevo al bar, esquivando cachetadas y puños logro insertarme en la oscuridad que envuelve a los que bailan en la pista; los veo a lo lejos: ella sonríe pasando lascivamente la mano por su pelo, lanzandolo hacia atrás en un golpe de luz, él la mira y sonríe a su vez, seduciéndola, sin sospechar mi presencia; la mira fijamente mientras yo sigo abriéndome paso; el ardor de la herida se confunde con el sabor de la sangre y siento los ojos estallar al ritmo de los bajos: bam bam bam y me quedo absorto, siguiendo con el corazón la cadencia de la música. Caminando ahora tranquilamente, narcotizado por el valium, llego a ellos y me miran con sorpresa (o eso creo), pensando quizás que ya estaría yo confinado en una celda; me miran y parecen no creerlo(o no verme), cogidos de la mano y hablando en una lengua que jamás he escuchado me miran y sonrien: no entienden mis palabras, menos aún cuando alguien me toma violentamente por detrás: "¡otra vez tú, molestando a los clientes! ¡toma y no vuelvas más!" Me sacan de nuevo del lugar, dos, tres puños más, ya veré donde dormiré esta noche.
mercredi 23 juillet 2008

La regla áurea (o el tempo)

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Imagen de Dan Burkholder

El tiempo, el tempo, variaciones, ondulaciones, cadencias, ritmos, arpegios, la tarantela, una zarabanda.

Eso. La música.

In Rainbows, último álbum de Radiohead, el primer corte: “Weird Fishes”, un arpegio, una caída exponencial hacia las misteriosas simetrías de la música, y por fin sé cómo comenzar lo que quería escribir: hablando de música, la de Radiohead, la de Bach, o la de Aphex Twin, no importa, tampoco soy un erudito; la idea que me ronda surge de una frase que leí hace días en “El desbarrancadero” de Fernando Vallejo, cuando hablando en medio de improperios el viejo se refiere a su amor por el piano, y citando a Bach se lamenta: “tocar el piano es muy fácil, solo hay que presionar la nota justa en el momento justo con la intensidad justa”, sí, fácil; así como Radiohead logra ajustar notas que se convierten en armonías celestes, áureas. La música es un misterio, uno lleno de simetrías de geómetra, de equilibrios arquitectónicos, así como Pink Floyd.

Desde que la conciencia existe, o mejor, desde que el hombre mismo la inventó, cada ser humano se ha preguntado una u otra vez por su propia existencia y la todo lo que lo rodea, intentando encontrar respuestas a las infinitas preguntas que lo asaltan; así los geómetras y astrónomos antiguos elucubraban la existencia de los seis planetas visibles con los rudimentarios telescopios de la época, con una explicación mitad racional mitad celeste: los cinco sólidos platónicos, o cuerpos cósmicos y la esfera, que en dicho sistema representaba al paraíso. Se pensaba que el Gran Arquitecto, aquel que estaba detrás de la compleja obra creadora no podía ser un chapucero maestro de obra, tenía que haber un orden, una razón cosmogónica que explicase el porqué de ese número exacto de planetas, Johannes Kepler, el astrónomo, lo creyó, tan férreamente que se hubiese muerto al saber que no eran seis sino nueve los planetas que rondan al sol (nueve hasta el sol de hoy, mañana quién sabe). Dios, el infalible ingeniero, no existe.

Pero así como Kepler no se reduce a esa creencia, válida para su época -calculó, entre otras cosas, la órbita de Marte y fue precursor en trabajos de óptica- de igual forma la observación del hombre no se limita a la contemplación mística de la naturaleza; en su delicada y esmerada observación ese mismo hombre temeroso de Dios ha encontrado simetrías y reglas que, a pesar de ser llamadas hoy en día áureas, son más que eso, el hombre, a fuerza de ingenio y de voluntad ha ido descubriendo, sin querer, los cimientos mismos del mundo, y por ahí mismo, del Universo.

Hablaba en el título de este texto de la Regla Áurea, lo hago como excusa, pero también como ejemplo de aquello que yace oculto tras lo más evidente, y ese misterio, develado progresivamente por la observación de físicos, geómetras, biólogos y demás científicos desquiciados, es fascinante; ya el mismo hecho de pensar, no en una invención, sino en un “descubrimiento” es algo apasionante, es como si la naturaleza misma ocultase secretos tras claves y códigos que durante milenios hubiesen estado esperando quien encontrara la llave que abriese las puertas a dichas maravillas. Así como Fibonacci encontró, o descubrió tal vez, una serie de números famosa hoy en día, y que ayuda entre otras cosas a comprender la estructura las piñas de los pinos, así la observación de los caracoles y de sus conchas comprende el principio básico e impresionante de la proporción y de la escala, lo que se llama, finalmente, la Regla Áurea.

Hace tiempos, años tal vez, sospecho que existe una especie de norma tácita, la mayor parte del tiempo desconocida e ignorada, que rige cosas tan disímiles como los chistes de Woody Allen, los golpes del tenista Federer, las cantatas de Les Luthiers y hasta las mismas gambetas de Lionel Messi, una misma norma que en últimas gobierna aquel arpegio de Radiohead y las fugas de Bach: el tempo. De ahí que la invención, el descubrimiento, del metrónomo sea un evento mayor en la historia del mundo, con un metrónomo, en vez de un simple cronometro se debió de haber calculado, o mejor, analizado, aquel gol que le hizo Messi, el juvenil jugador del Barcelona español, a su rival de aquel día, gol réplica de otro hecho por otro argentino, esta vez en un mundial de fútbol y contra la selección inglesa, dos jugadas idénticas, que parecían, más que una cabalgata hacia una portería, una danza cadenciosa de bailarines del Bolshói; o esos intercambios interminables entre los tenistas, o esos apuntes de Allen que parecen salir del vacío y que se entienden en la medida en que se contextualizan con lo que yace escondido en una escena, la expresión, el ritmo y el tono de la voz de quien ejecuta la broma le dan toda su potencia, su carga de ironía, o de sátira si es el caso.

Cosas todas tan distintas y al tiempo tan iguales; dice el sabio Eclesiastés que nada nuevo hay bajo el sol, los más pesimistas repiten que estamos condenados al vacío de un eterno retorno; por mi parte estoy seguro de que mientras algunos artistas nos regalen aquellos minutos de su tiempo en los cuales se esmeran en vencer al tiempo y llegan a manipularlo a la manera de Borges en sus cuentos circulares, mientras nos permitan presenciar su magia con un balón, una raqueta, la propia voz, un piano o una guitarra, bajo el sol siempre habrá días, minutos, o segundos llenos de cosas nuevas.

Y sí, eso sí, efímeras.


mardi 1 juillet 2008

Un tornillo suelto

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William Blake, The Ghost of a Flea

Aparentemente, y según los reportes de la prensa sensacionalista, el hombre era de lo más normal, jamás había presentado desequilibrio alguno o quizá sólo el normal: algún grito, un ataque de furia, un vidrio roto de un puño en una disputa conyugal, una cachetada involuntaria; y ese hecho, simple y anodino, la normalidad, sería lo más alarmante en todo este caso: ¿cómo alguien tan común, tan vecino de uno puede terminar haciendo algo así?

El caso es que el hombre, Félix, para ponerle algún nombre, nunca había develado siquiera un síntoma de locura ni de histeria, y nadie pudo imaginar -de ahí la estupefacción y la sorpresa- que aquel afortunado corredor de bolsa, feliz propietario de un apartamento en la rivera del Támesis londinense y de un coche último modelo, quizás un Jaguar o un Aston Martin, fuese a perder el control, se le fuese a saltar un tornillo tan esencial como peligroso y terminase matando a golpes a su esposa e hija durante el sueño, el de ellas claro está, él no soñaba, aunque tampoco andaba sonámbulo: se encontraba en un estado de conciencia alterna, como esos que alcanzan los fumadores de opio o aquellos que se empeñan en alcanzar al dragón, sólo que en Félix la cosa se tornó en pesadilla.

La escena era de tabloide inglés, o de El Espacio, para ponerle un poco de actualidad geográfica al uxori-filicidio: un hombre enloquecido que a la luz de las camaras y de las autoridades no logra comprender qué le ha sucedido, no sabe cómo y cuándo terminó asesinando a sangre fría a su señora y a su hija aún de brazos, que se enloquece a la vista del público y a quien, pobre en su miseria, ni siquiera dejan suicidar; ya lo sé, parece una de esas escenas que le salen tan bien a Houellebecq o mejor aún, a Easton Ellis; yo oi todo el asunto en la radio, o lo leí en la prensa, así que no recuerdo ni fotos ni testimonios, sólo guardo memoria de la banal impresión que me causó, en medio de bombas y fusilamientos, como si cualquiera fuese capaz de aquello: matar a su familia y ni siquiera recordarlo al despertar, como lo dijo Breton: "el acto surrealista más puro es disparar al azar sobre la multitud en la calle", o algo así....

Y enciende uno de nuevo la radio y escucha cómo niños de 15 y 16 años asesinan "a sangre fría" a decenas de transeuntes en Estados Unidos, armados de fusiles de asalto disparando alegremente hacia la multitud, sin discriminaciones de sexo, edad, raza o religión, como misia Parca, impartiendo hostias de plomo a todo aquel que se les atraviesa, antes de tornar los fusiles hacia sus propias cabezas para volarselas en miles de gotitas y pedacitos de mierda; o cómo, en el bucólico y flemático Londres residencial, Scotland Yard acaba de encontrar los cuerpos, sin vida y lacerados de 200 puñaladas cada uno, de dos estudiantes franceses que andaban en la audaz tarea de visitar el Reino Unido.

Breton estaría feliz, o félix, como dirían los romanos, si viviese hasta nos regalaría un enigmático poema premonitorio y sutil, y luego vendría Capote a escribirnos otra novela, o Dostoyevski, o Beckett, y quién sabe, hasta la cosa sea tan grotesca que quizás se apunte Efraim Medina. O Ricardo Silva, porque la literatura, como la gente, también suele ser perversa.